Adiós a Nihil Obstat | Hola a The Catalán Analyst





Después de 13 años de escribir en este blog prácticamente sin interrupción, hoy lo doy por clausurado. Esto no quiere decir que me haya jubilado de la red, sino que he pasado el relevo a otro blog que sigue la misma línea de Nihil Obstat. Se trata del blog The Catalán Analyst y de la cuenta de Twitter del mismo nombre: @CatalanAnalyst . Os los recomiendo.



Muchas gracias a todos por haberme seguido con tanta fidelidad durante todos estos años.


sábado, 29 de octubre de 2011

La guerra de Libia, peor que la de Irak

La bandera d'Al Qaeda oneja al Palau de Justícia de Bengasi
De todas las revoluciones de la primavera árabe, la de Libia es la que más hubiera gustado a Karl Marx, convencido como estaba de que una revolución sin violencia no es una revolución sino una mariconada, que es como se llamaba a estas cosas cuando todavía no éramos políticamente correctos.

En poco más de 6 meses de conflicto armado, en Libia ha muerto más gente, proporcionalmente, que en la guerra de Irak. Aunque los datos están por verificar, se da por buena la cifra oficial de los rebeldes libios de unos 30.000 muertos y 70.000 heridos. Una auténtica carnicería realizada en un tiempo récord si lo comparamos con Irak, donde el número de víctimas civiles y militares se situaría en los 115.000 muertos en los 8 años que van del 2003 al 2011. En el año de máxima intensidad del conflicto iraquí, en 2006, el número de víctimas mortales civiles y militares superó las 32.000, casi las mismas que en Libia en sólo medio año.

Nadie lo diría, ¿verdad? La percepción que teníamos desde el tresillo de casa era la de un conflicto casi plácido comparado con el apocalipsis iraquí. ¿Por qué? Pues porque la internacional mediática estaba a favor de esta guerra y en contra de la otra. Y por razones no muy profundas. Estaban contra la guerra de Irak fundamentalmente porque la comandaba sin tapujos un tal George W. Bush, un presidente de EEUU republicano, blanco y conservador, mientras que han estado a favor de la guerra de Libia porque la comandaba casi a escondidas un presidente demócrata, negro y progresista con el visto bueno de la ONU. Y ya se sabe que cuando una guerra tiene la bendición de la ONU deja de ser una guerra para convertirse en una marcha triunfal de la paz y el multilateralismo.

La intervención militar internacional ha sido necesaria e imprescindible para evitar una masacre aún mayor por parte del régimen de Gadafi. Pero la manera de comandarla, contrariamente a la opinión de la prensa socialdemócrata, ha sido un error. De entrada, puede parecer impecable. Las tropas estadounidenses no han pisado tierra islámica y han sido los rebeldes los que han llevado el peso de la lucha. Una lucha que, al haberla ganado gracias a los bombardeos de la OTAN, los forzará a comportarse como demócratas de toda la vida en agradecimiento a la ayuda occidental. Ciertamente, este cuento de la lechera es uno de los escenarios posibles. Pero, lamentablemente, no parece el más probable.

La inhibición estadounidense será entendida por las fuerzas totalitarias libias más bien como una manifestación de debilidad que como un acto de delicadeza. La guerra descontrolada sobre el terreno ha fortalecido a los jefes tribales y las facciones más violentas de los rebeldes, que han tomado el mando de las unidades militares, en detrimento de los moderados. Es por ello que los dirigentes del CNT, la mayoría de ellos ex altos responsables del régimen de Gadafi -algunos incluso educados en universidades occidentales, como es el caso de Mahmoud Jibril- han suplicado hasta el último momento que la OTAN no concluya aún su intervención militar, ya que es el único contrapeso a las milicias armadas de tribus y facciones.

Cuando el presidente del CNT, Mustapha Abd el Jalil, dijo que no sólo la sharia sería la base inspiradora de la Constitución y del derecho (lo que pasa en casi todos los países árabes incluida la Libia de Gadafi) sino que sería restablecida la poligamia y prohibido el divorcio, sabía que sus palabras preocuparian a Occidente pero que eran imprescindibles para agradar a las milicias islamistas, que son las que tienen la sartén por el mango. Un archipiélago de tribus y milicias que campan por todo el territorio y que en Trípoli controla en gran parte el Tripoli Military Council (TMC) que encabeza Abd el-Hakim Belhadj, ex combatiente de los mujaidines en Afganistán y fundador en los años 90 de la organización terrorista Libyan Islamic Fighting Group.

Este rompecabezas era totalmente previsible y, por tanto, disuasorio de cualquier inervención exterior. Es por ello que, si se optaba por meter la cuchara, la implicación debía ser total. Era necesario derribar el poder criminal de Gadafi pero también impedir el desgobierno criminal de los extremistas. Era necesario no un apoyo militar casi vergonzante sino un compromiso político claro, firme e inequívoco de tutelar la transición de la dictadura a un régimen pluralista estable.

Obama, con sus escrúpulos por no parecerse a Bush, ha acabado haciendo de aprendiz de brujo, de matrona de una insurrección violenta como aquellas que tanto inspiraban al Karl Marx que solía leer antes de ser presidente.